Rol 30

Hay muchos tipos de juego, muchas mesas, muchas formas de hacerlo. A veces ese estilo se explica desde la personalidad, la experiencia, el clima, el espacio o los objetos que rodean la mesa. Pero con los años he entendido que casi todo eso es secundario. Siempre lo ha sido.

Al final, casi nunca se necesita más que tres cosas:

Papel y lápiz.
Ánimo.
Personas.




Las reglas son solo una sugerencia. El mundo se puede inventar sobre la marcha. Se puede jugar hablando, sentados en sillones gastados, alrededor de una mesa improvisada o en una azotea, con el ruido de la ciudad de fondo. El lugar no importa. Nunca ha importado.

Lo que importa son las personas.

Sin ellas, solo quedan libros cerrados, dados que no ruedan, mapas que no llevan a ningún sitio. Objetos acumulando polvo. El juego no existe si no hay alguien dispuesto a jugarlo contigo. Las mesas no sobreviven por las reglas ni por la historia: sobreviven por la gente que decide volver a sentarse.

Por eso este texto está dedicado a los grupos de rol. Y, en particular, a mi grupo actual. Agradezco su perseverancia, su astucia y, sobre todo, su ganas para seguir jugando aun cuando nuestras tiempos suelen complicarse.

Hubo otras décadas en las que jugar era fácil. Éramos personas con el mismo tiempo libre, rutinas parecidas y una cercanía casi automática. Las sesiones se daban sin esfuerzo. Los problemas eran simples o, al menos, compartidos. Podíamos jugar doce horas seguidas cada fin de semana sin pensar en consecuencias, sin sentir el peso del reloj o del cansancio.

Eso ya no existe.

Hoy llevo una mesa desde hace poco más de un año. Trece meses. Comenzó a finales de 2024 y, contra muchas probabilidades, sigue viva. La historia se ha vuelto compleja, más densa, y avanza a un ritmo que me resulta fascinante y, a veces, inquietante. Las ideas ya no vienen solo de mí; surgen desde múltiples perspectivas, creando variables que nunca planeé. Hace tiempo dejé de intentar controlar el camino. La mesa dejó de ser un railroad. Es un sandbox completo, caótico, impredecible… como la vida misma.

He aprendido que el grupo lo es todo. Que sin acuerdos mínimos —horarios, lugar, constancia— la mesa se desmorona. Que explicar reglas ayuda, sí, pero no sostiene nada por sí solo.

Lo que realmente mantiene viva una mesa es algo más frágil: que todos estén en la misma frecuencia. Que se entiendan sin decirlo todo. Que sepan, aunque sea de forma vaga, hacia dónde quieren ir. Definir metas —claras, secundarias o descubiertas en el camino— no es solo una herramienta de juego: es un acto de confianza entre quienes se sientan a la mesa.

Con el tiempo he entendido que el rol no va de libros, dados o sistemas. Va de personas que, pese al cansancio, las responsabilidades y el paso inevitable de los años, deciden encontrarse para crear algo que solo existe mientras están juntas.

Y cuando esa mesa se levanta, cuando las sillas se vacían, lo único que queda es el silencio… y la esperanza de volver a tirar los dados una vez más.

Comentarios

Entradas populares